Solemnidad de Santa María Madre de Dios
MAZZITELLI, Marcelo Fabián - Homilías - Homilía de monseñor Marcelo Mazzitelli, obispo de San Rafael en la solemnidad de Santa María Madre de Dios y la Jornada Mundial de oración por la Paz (Catedral de San Rafael Arcángel, 1° de enero de 2026)
Queridos hermanos, celebramos lo acontecido en Belén de Judea en un presente abierto a la eternidad. El Hijo de Dios ha nacido para nuestra salvación, somos salvados porque somos amados. Celebrar la Navidad es una invitación al asombro, rescatándonos de la inercia, del acostumbramiento de la fe, adentrándonos así en un abismal amor. El misterio nos desborda.
Al Niño en el pesebre se dirigen todas las miradas en adoración, María y José, los pastores los magos de oriente, de manera silenciosa toda la creación y hoy la nuestra. Es la Salvación naciente que llegará a su plenitud en la muerte y resurrección de Cristo, el Señor.
Los pastores, superando el temor que les había provocado el anuncio del ángel, van en busca de la señal que les permitiría encontrar la causa de alegría para todo el pueblo, un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Nuestra celebración no se trata solo de un recuerdo, porque el nacido por nosotros, se hace presente en nuestro tiempo, en nuestra vida; el que nació en Belén hoy esta junto a la puerta y si oímos su voz y le abrimos la puerta entrará en nuestra casa y cenaremos juntos (Cf. AP, 3,20). Como decía Pablo VI:"La Navidad es esta llegada del Verbo de Dios hecho hombre entre nosotros. Cada uno puede decir: ¡por mí! Navidad es este prodigio. Navidad es esta maravilla" (Homilia de la Misa de Nochebuena. 24/12/1977). Queridos hermanos dejando resonar en nosotros ese "por mí" que señala el Papa, descubrámonos llamados a dar una respuesta.
En la contemplación del misterio del Nacimiento de nuestro Salvador, la liturgia de la solemnidad que celebramos hoy, nos invita a levantar la mirada desde el Niño a la Madre que lo abraza con ternura, a María. Quién pudiera entrar en el corazón de ella para descubrir sus sentimientos recogiendo la obra de Dios en su vida, en su esperanza cumplida en la Anunciación en la que el llamado a la misión encontró ese sí libre y fiel de la servidora del Señor, de su peregrinar por las montañas de Judá portando en su vientre al Hijo de Dios para compartir la alegría con Isabel. Un corazón desbordado por el misterio y una vida que se hizo respuesta creyente a la voluntad de Dios.
Su amor para con el Niño, es amor de Madre, recibiendo la vida que venía de Dios, su vientre fue morada en la que crecía el Hijo de Dios, siendo sus brazos los que lo acunaron con ternura. Es mujer que agradece el don de la vida convirtiéndose en su custodia, que canta las maravillas de Dios en ella. Es amor que sabe de asombro, alegría, dolor, fe atravesando el no entender, de fidelidad. La profecía de Simeón de que una espada atravesaría su corazón se hizo realidad en ese encuentro de miradas en el camino a la cruz, siguiendo a Jesús, solo ella y Dios sabían lo que vivió su corazón desgarrado, lo que sintió al tenerlo en sus brazo cuando lo bajaron de la Cruz. Pero ella junto a todos los discípulos recibió la alegría del triunfo de la vida en la resurrección, triunfo del amor que se hizo perdón para todos. Ella en esta alegría perseveraba en la oración junto a la comunidad. Ella por misión recibida al pie de la cruz, era Madre de Jesús y Madre de los discípulos amados del Señor, de nosotros, es Madre de la Iglesia.
Un himno del siglo III, tal vez la oración mariana más antigua, expresa la confianza de los cristianos en la intercesión de María reconociéndola como Madre de Dios, título que se hará presente en la prédica de los Padres de la Iglesia, aquellos pastores cercanos a los tiempos apostólicos, y que unido a la profundización de la teología sobre el misterio de Cristo, se define como dogma en el Concilio de Éfeso, en el 431: María es Madre de Dios, Madre de la persona divina según la humanidad. De esta manera María "se inserta en el misterio de Cristo a través de la Encarnación" (Mater Populi fidelis, 11).
En esta solemnidad, rezamos como Iglesia en la Jornada mundial por la paz, suplicando a Dios para que la Paz anunciada a los pastores sea realidad recibida en los pueblos y en cada corazón.
En la noche en la que se anunció el nacimiento del Señor a los pastores, se escuchó el canto de los ángeles "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres amados por él", asumido en nuestra liturgia en el Gloria. Para un Dios que es amor su gloria no pude consistir en otra realidad que en amar, el amor es el por qué último de la encarnación como señala el padre Cantalamesa.
Esa paz anunciada no consiste en la ausencia de conflictos bélicos, enfrentamientos o treguas. El Salvador no trae simplemente la paz, él es la Paz.
Todos anhelamos paz, herida en nuestro propio corazón que sufre sus luchas, contradicciones y dolores; en nuestros vínculos que a veces se ven heridos por resentimientos y desconfianzas; en nuestra sociedad fragmentada por el enfrentamiento ideológico que ciega desconociendo al otro como hermano; en los pueblos que padecen la locura de los que ostentan poder enfermos de avaricia destruyendo vidas para sostener el negocio armamentista provocando guerras y muertes, la violencia de fundamentalismos religiosos, incluso dentro de nuestra propia Iglesia hiriendo la comunión.
Una poetisa, María Elena Walsh, describe el horror de la guerra en una palabra que condensa el sufrimiento de los que la padecen: "lágrimas".
Lagrimas derramadas en Ucrania, Gaza, Somalia, Myamar, Sudán, Haití y muchos más conflictos no son solo lugares en un mapa, sino pueblos atravesados por lágrimas. Es el escandaloso y doloroso despliegue de la tercera guerra mundial en pedazos, como señalaba el Papa Francisco.
La paz no se resuelve en frágiles tratados que dejan en suspenso una agresión, en treguas que apenas dan un momento de silencio al dolor. La verdadera paz nace cuando se abre el corazón a quien es la Paz, dejándonos transformar por un amor a la medida de Dios que es amarnos sin medida. Así podremos sanar nuestro corazón fragmentado, así podremos amar como somos amados, así reconoceremos a los otros como hermanos y no como enemigos, así seremos los bienaventurados que trabajan por la paz respetando la dignidad de cada persona.
La celebración de la Navidad es una alegría que nos compromete a dar una respuesta al Dios que llega a nosotros, a ser testigos de la vida nueva; es misterio que siempre está frente a la libertad de cada persona. En esta Jornada de oración supliquemos por la paz para que el anuncio realizado a los pastores se haga realidad en nosotros, en cada corazón que sufre, en nuestra sociedad argentina dañada en desencuentros y enfrentamientos, en los pueblos signados por el dolor de la guerra. En su menaje para esta Jornada el Papa Leon dice: "Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos".
Que María, Madre de Dios y Madre de la Paz, nos de la fuerza para ser testigos de Aquel que es la paz; recibiéndola no la ofrecemos como un deseo, sino que la compartimos como don, así como lo expresamos en la liturgia en el saludo fraterno de la paz.
Un hermano transformado por el amor del Señor, Francisco de Asís, nos regaló una oración a la que los invito a unirnos en el corazón.
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.
Mons. Marcelo Fabián Mazzitelli, obispo de San Rafael