Mons. Castagna: 'La persecución como invitación al combate de la fe'
- 16 de enero, 2026
- Corrientes (AICA)
"El empeño evangelizador de la Iglesia, sacude su estructura y la impulsa a enfrentar los mayores desafíos ideológicos y morales", planteó el arzobispo y profundizó: "No le es lícito renunciar".
Sugerencia para la homilía de monseñor Castagna
Monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, recordó que "el mundo, innegable tributario de la Palabra de Dios, reclama ser bien informado".
"Quienes nos presentamos ante él, como testigos del Evangelio, asumimos la tremenda responsabilidad de ser fieles transmisores de la Palabra. Incluye, necesariamente, la santidad que corrobore lo que predicamos", indicó.
"El empeño evangelizador de la Iglesia, sacude su estructura y la impulsa a enfrentar los mayores desafíos ideológicos y morales. No le es lícito renunciar a hacerse presente y a sufrir la persecución que, a causa de su fidelidad a Jesús, debe padecer", planteó.
El arzobispo señaló que "la historia contemporánea no cesa de confirmar lo que ha acontecido desde los orígenes de la fe" y profundizó: "San Pablo se refería a la vida cristiana como a una lucha sin cuartel, inevitable y muy dolorosa".
"Combate, cuyo éxito está asegurado, aunque por momentos parezcan predominar las fuerzas del mal. Cristo es el garante del éxito de la Iglesia: 'y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella'. No es un éxito temporal, sino supra temporal. Llega a su logro pleno en la eternidad, donde Cristo reina glorioso junto al Padre", concluyó.
Texto de la sugerencia
1. Juan Bautista, testigo de la mesianidad de Jesús. Al final de este texto San Juan Bautista revela a los suyos el conocimiento que tiene de su precursado: "Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (Juan 1, 34). El evangelista, a quien Jesús amaba, manifiesta que el sendero que conduce al conocimiento de Dios hecho Hombre, es fruto de la atención cuidadosa a la Palabra, anunciada proféticamente por los mismos Apóstoles, y por la Iglesia. Sin dudas, únicamente Cristo muestra el rostro verdadero del Padre. Por su intermedio Dios se revela, y nos permite entrar en su intimidad para la comunión y la auténtica felicidad. Al no lograr esa interiorización, perdemos la alegría de vivir, y la cercanía de la muerte resulta una inevitable tragedia. El deseo de vivir siempre conlleva el temor a pensar en la muerte como aniquilación. Deseo plenamente adherido a nuestra naturaleza: no entendemos la vida ante la perspectiva de perderla. Dios nos hace partícipes de su Vida inmortal. Para ello, necesitamos pensarla como perennidad. Existen dos actitudes, que definen hoy a los seres humanos: la esperanza, que nace de la fe, y el pesimismo, derivado de la incredulidad. Existe una tercera actitud, que se expresa en la indiferencia, y es generada por el materialismo y la incapacidad para trascender lo que vemos y palpamos. Es preciso que abordemos la hora única de escuchar la Palabra y consentir en su contenido inspirado. La "hora" es la oportunidad que nos ofrece la Iglesia en estos tiempos particularmente fuertes. Lo hace, como siempre, en virtud de la Palabra que predica y de los Sacramentos que celebra. La Eucaristía se constituye en cumbre y perfección de la presencia real de Jesucristo, que redime de los pecados y genera la santidad en quienes lo aceptan. La aceptación de la Palabra, y la comunión con su Cuerpo y Sangre, genera la filiación adoptiva, a su imagen de Hijo de Dios. Gracias a Él, su poder nos convierte en hijos de Dios: "Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios" (Juan 1, 12).
2. Cristo, y su Iglesia, Camino que conduce al Padre. Oyendo las enseñanzas del Apóstol Juan podemos introducirnos en el Misterio de Cristo, el Hijo de Dios encarnado. Entonces podremos considerarlo el Camino que nos lleva al Padre -el Dios que nos espera- y al Espíritu, que nos anima. El icónico "discípulo amado" manifiesta una innegable autoridad cuando descorre el velo del conocimiento de su Señor y Maestro. Es preciso leer sus escritos con un corazón apasionado, como el suyo. La ciencia teológica no es suficiente. Los Padres y santos doctores de la Iglesia, no dejan margen a la mínima duda o vacilación. Creen, y aceptan la Palabra como de Dios, constituyéndola en suprema inspiración de sus vidas en el mundo. Se constituyen en modelos inigualables del seguimiento de Cristo, único rector del pensamiento y del comportamiento cristianos. Supone un proyecto que Dios propone a la libertad de los hombres. No existe otro, ya que Dios es el Creador y Señor, único ideal al que la humanidad debe conformarse. El auto-referencia, que aqueja al hombre contemporáneo, presenta el propósito, oculto o manifiesto, de constituirse en el autor, sin ley que lo trascienda, de su personal realización. La insistencia de Jesús, por presentar la voluntad del Padre, como única referencia para regular la Vida cristiana, retoma su importancia en la Liturgia y en la predicación. No responde a un plan, rígidamente proyectado y ejecutado. Los grandes misioneros y pastores de la Iglesia se atuvieron a estos criterios "evangélicos". La eficacia, que de ellos procede, ofrece una perspectiva legítima de renovación y santidad. Al contrario, su ausencia, explica el decaimiento de la fe, o su distorsión. La actual debilidad en la vivencia de la fe, corresponde a una causa fácilmente verificable: el descuido de la práctica religiosa. El conocido teólogo Rhaner ofrece una dolorosa calificación: cristianos explícitos y cristianos anónimos. En nuestra terminología pastoral: a) católicos autocalificados como tales, pero alejados de toda práctica sacramental b) católicos practicantes. Sin duda en unos y en otros el Espíritu Santo hace su obra artesanal. En la acción pre evangelizadora que la Iglesia promueve, se produce una intensa preparación, centrada en la fidelidad a la gracia. Dios hace lo único necesario. La contemplación es una respuesta que compromete al creyente, dejando que el Espíritu realice su imprescindible tarea santificadora.
3. La suplica angustiosa de ser evangelizado (San Pablo VI). Este mundo, aparentemente descalificado para la práctica de la fe, manifiesta una profunda angustia espiritual que únicamente Cristo puede mitigar. Es oportuno referirnos a Cristo como la Iglesia lo predica y celebra. Para lograr su exacto lugar en nuestra vida personal y social, necesitamos no descartar apriorísticamente sus auténticas expresiones religiosas. Son las exhibidas por los cristianos, cuando adoptan con seriedad las prácticas del culto y las enseñanzas propuestas por el Magisterio legítimo. La tediosa costumbre de profesarse cristianos y no poner en práctica las exigencias del Bautismo es una especie de moneda diabólica, aplicada irresponsablemente a la vida ordinaria. Es indispensable volver a la verdad de nuestra identidad bautismal. Los Tiempos fuertes, que la Iglesia propone a los cristianos, contribuyen a recapturar los valores olvidados, en un clima inficionado por un materialismo ateisante que intenta prevalecer en la sociedad actual. La preceptiva farisaica está en las antípodas de los valores evangélicos que la Iglesia propone. No obstante, muchos bautizados ceden a la contradicción causada por esa escalofriante dicotomía. Muchos se dicen "católicos "y contradicen las enseñanzas de la Iglesia -y sus consecuencias morales- que los ha unido sacramentalmente a ella. La triste afirmación de una intelectual argentina no deja de sorprendernos: "Estoy bautizada pero soy increyente". Vale decir: "soy miembro del Cuerpo de Cristo pero no creo en Él". Recuperar para la fe, un gran número de bautizados, es grave responsabilidad de la Iglesia que los ha bautizado. La misión pastoral, en un país de bautizados, reviste una urgencia y gravedad innegables. Es nuestro caso. Los actuales responsables de la Iglesia Católica -pastores y laicos- no pueden mirar para otro lado, cuando se está produciendo una erosión creciente en la fe religiosa del Pueblo. Nos referimos al rechazo del contenido de la fe, y a sus graves deformaciones. Fácilmente se desciende a un sincretismo religioso y cultural cuando se pretende presentar, como "todo válido", contradictorias concepciones religioso-culturales, diluyendo el auténtico contenido de la fe. En la exposición de la verdad, es hora de la transparencia. El mundo, innegable tributario de la Palabra de Dios, reclama ser bien informado. Quienes nos presentamos ante él, como testigos del Evangelio, asumimos la tremenda responsabilidad de ser fieles transmisores de la Palabra. Incluye, necesariamente, la santidad que corrobore lo que predicamos.
4. La persecución como invitación al combate de la fe. El empeño evangelizador de la Iglesia, sacude su estructura y la impulsa a enfrentar los mayores desafíos ideológicos y morales. No le es lícito renunciar a hacerse presente y a sufrir la persecución que, a causa de su fidelidad a Jesús, debe padecer. La historia contemporánea no cesa de confirmar lo que ha acontecido desde los orígenes de la fe. San Pablo se refería a la vida cristiana como a una lucha sin cuartel, inevitable y muy dolorosa. Combate, cuyo éxito está asegurado, aunque por momentos parezcan predominar las fuerzas del mal. Cristo es el garante del éxito de la Iglesia: "Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella" (Mateo 16, 18). No es un éxito temporal, sino supra temporal. Llega a su logro pleno en la eternidad, donde Cristo reina glorioso junto al Padre.+
