Viernes 30 de enero de 2026

Documentos


BUSCAR DOCUMENTOS

Queridos hermanos y hermanas:

El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. Los antigüos lo sabían bien. Así, para definir a la persona humana, los antiguos griegos utilizaron la palabra "rostro? (prósopon), que etimológicamente indica aquello que está a la vista, el lugar de la presencia y de la relación. El término latino persona (de per-sonare) incluye en cambio el sonido; no un sonido cualquiera, sino la voz inconfundible de alguien.

El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido. Palabra que resonó primero a través de los siglos en las voces de los profetas, y luego se hizo carne en la plenitud de los tiempos. Esta Palabra -esta comunicación que Dios hace de sí mismo- la hemos podido escuchar y verdirectamente (cf. 1 Jn 1,1-3), porque se dio a conocer en la voz y en el rostro de Jesús, Hijo de Dios.

Desde el momento de su creación, Dios ha querido al hombre como su interlocutor y, como dice san Gregorio de Nisa,[1] ha impreso en su rostro un reflejo del amor divino, para que pueda vivir plenamente la propia humanidad mediante el amor. Por tanto, custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitabile que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás. 

La tecnología digital, cuando se falla en su cuidado, se corre el riesgo de modificar radicalmente algunos de lospilares fundamentales de la civilización humana, que a veces damos por descontado. Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas.

El desafío, por tanto, no es tecnológico sino antropológico. Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos.Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos. 

No renunciar al pensamiento propio
Desde hace tiempo existen múltiples pruebas de que algoritmos proyectados para maximizar la implicación en las redes sociales -redituable para las plataformas- premian emociones rápidas y penalizan en cambio expresiones humanas que necesitan tiempo, como el esfuerzo por comprender y la reflexión. Encerrando grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación, estos algoritmos debilitan la capacidad de escucha y de pensamiento crítico y aumentan la polarización social.

A esto se sumó una confianza ingenuamente acrítica en la inteligencia artificial como "amiga" omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, "oráculo" de todo consejo. Todo esto puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de modo analítico y creativo, de comprender los significados, de distinguir entre sintaxis y semántica.

Aunque la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y conformarnos con una recopilación estadística artificial, a la larga corre el riesgo de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas.

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial están asumiendo cada vez más el control de la producción de textos, música y vídeos. Gran parte de la industria creativa humana corre así el riesgo de ser desmantelada y sustituida por la etiqueta "Powered by AI", convirtiendo a las personas en meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría, sin amor. Mientras que las obras maestras del genio humano en el campo de la música, el arte y la literatura se reducen a un mero campo de entrenamiento para las máquinas.

La cuestión que nos importa, sin embargo, no es en lo que logra o logrará hacer la máquina, sino qué podemos o podremos hacer nosotros, creciendo en humanidad y conocimiento, con un sabio uso de instrumentos tan poderosos a nuestro servicio. Desde siempre, el hombre se ha visto tentado a apropiarse del fruto del conocimiento sin el esfuerzo que supone el compromiso, la investigación y la responsabilidad personal. Sin embargo, renunciar al proceso creativo y ceder a las máquinas nuestras funciones mentales y nuestra imaginación significa enterrar los talentos que hemos recibido para crecer como personas en relación con Dios y con los demás. Significa ocultar nuestro rostro y silenciar nuestra voz.

Ser o fingir: simulación de las relaciones y de la realidad
A medida que nos desplazamos por nuestros flujos de información (feeds), cada vez es más difícil saber si estamos interactuando con otros seres humanos o con "bots" o "influencers" virtuales. Las intervenciones opacas de estos agentes automatizados influyen en los debates públicos y en las decisiones de las personas. En particular, los chatbots basados en grandes modelos lingüísticos (LLM), se están demostrando ser sorprendentemente eficaces en la persuasión oculta, mediante una optimización continua de la interacción personalizada. La estructura dialógica y adaptativa, mimética, de estos modelos lingüísticos es capaz de imitar los sentimientos humanos y simular así una relación. Esta antropomorfización, que puede resultar incluso divertida, es al mismo tiempo engañosa, sobre todo para las personas más vulnerables. Porque los chatbots excesivamente "afectuosos", además de estar siempre presentes y disponibles, pueden convertirse en arquitectos ocultos de nuestros estados emocionales y, de este modo, invadir y ocupar la esfera de la intimidad de las personas.

La tecnología que se aprovecha de nuestra necesidad de relacionarnos no solo puede tener consecuencias dolorosas para el destino de las personas, sino que también puede dañar el tejido social, cultural y político de las sociedades. Esto ocurre cuando sustituimos las relaciones con los demás por relaciones con IA entrenadas para catalogar nuestros pensamientos y, por lo tanto, para construir a nuestro alrededor un mundo de espejos, donde todo está hecho "a nuestra imagen y semejanza". De este modo, nos privamos de la posibilidad de encontrar al otro, que siempre es diferente a nosotros y con el que podemos y debemos aprender a relacionarnos. Sin la aceptación de la alteridad no puede haber ni relación ni amistad.

Otro gran desafío que plantean estos sistemas emergentes es el de la parcialidad (en inglés: bias), que lleva a adquirir y transmitir una percepción alterada de la realidad. Los modelos de la IA están moldeados por la visión del mundo de quienes los construyen y, a su vez, pueden imponer formas de pensar que replican los estereotipos y prejuicios presentes en los datos de los que se nutren. La falta de transparencia en el diseño de los algoritmos, junto con la representación social inadecuada de los datos, tiende a mantenernos atrapados en redes que manipulan nuestros pensamientos y perpetúan y profundizan las desigualdades y las injusticias sociales existentes.

El riesgo es grande. El poder de la simulación es tal que la inteligencia artificial también puede engañarnos con la fabricación de "realidades" paralelas, apropiándose de nuestros rostros y nuestras voces. Estamos inmersos en una multidimensionalidad, donde cada vez es más difícil distinguir la realidad de la ficción.

A esto se suma el problema de la falta de precisión. Los sistemas que hacen pasar una probabilidad estadística por conocimiento nos ofrecen, en realidad, como mucho, aproximaciones a la verdad, que a veces son auténticas "alucinaciones". La falta de verificación de las fuentes, junto con la crisis del periodismo de campo, que implica un trabajo continuo de recopilación y verificación de información en los lugares donde ocurren los acontecimientos, puede favorecer un terreno aún más fértil para la desinformación, provocando una creciente sensación de desconfianza, desconcierto e inseguridad.

Una posible alianza
Detrás de esta enorme fuerza invisible que nos involucra a todos, hay solo un puñado de empresas, aquellas cuyos fundadores han sido recientemente presentados como los creadores de la "persona del año 2025", es decir, los arquitectos de la inteligencia artificial. Esto suscita una importante preocupación por el control del oligopolio de los sistemas algorítmicos y de inteligencia artificial capaces de orientar sutilmente los comportamientos e incluso reescribir la historia de la humanidad -incluida la historia de la Iglesia- a menudo sin que nos demos cuenta realmente.

El desafío que nos espera no es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y en ser conscientes desu carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente ser integrados por nosotros como aliados.

Esta alianza es posible, pero necesita fundamentarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y educación.

En primer lugar, la responsabilidad.Según las funciones, esta puede traducirse en honestidad, transparencia, valentía, capacidad de visión, deber de compartir conocimientos, derecho a estar informado. Pero, en general, nadie puede eludir su responsabilidad ante el futuro que estamos construyendo.

Para quienes están en la cúspide de las plataformas online esto significa asegurarse de que las propias estrategias empresariales no estén guiadas por el único criterio del máximo beneficio, sino también por una visión de futuro que tenga en cuenta el bien común del mismo modo que cada uno de ellos se preocupa por el bienestar de sus hijos.

A los creadores y programadores de modelos de la IA se les pide transparencia y responsabilidad social respecto a los principios de planificación y a los sistemas de moderación que están en la base de sus algoritmos y de los modelos diseñados con el fin de favorecer un consentimiento informado por parte de los usuarios.

La misma responsabilidad se exige también a los legisladores nacionales y a las entidades reguladoras supranacionales, a quienes compete vigilar sobre el respeto de la dignidad humana. Una reglamentación adecuada puede proteger a las personas, de crear vínculos emocionales con los chatbots y contener la difusión de contenidos falsos, manipuladores o confusos, preservando la integridad de la información frente a una simulación engañosa de la misma.

Las agencias de noticias y los medios de comunicación no pueden permitir que los algoritmos orientados a ganar a toda costa la batalla por unos segundos más de atención, prevalezcan sobre la fidelidad a sus valores profesionales, orientados a la búsqueda de la verdad. La confianza del público se gana con precisión y transparencia, no con la búsqueda de cualquier tipo de implicación. Los contenidos generados o manipulados por la IA deben señalarse y distinguirse claramente de los contenidos creados por personas. Debe protegerse la autoría y la propiedad soberana del trabajo de los periodistas y otros creadores de contenidos. La información es un bien público. Un servicio público constructivo y significativo no se basa en la opacidad, sino en latransparencia de las fuentes, la inclusión de las partes implicadas y un alto nivel de calidad.

Todos estamos llamados a cooperar. Ningún sector puede afrontar por sí solo el desafío de guiar la innovación digital y la forma de governar la IA. Es necesario, por tanto, crear mecanismos de protección. Todas las partes interesadas -desde la industria tecnológica a los legisladores, desde las empresas creativas al mundo académico, desde los artistas a los periodistas y a los educadores- deben implicarse en construir y hacer efectiva una ciudadanía digital consciente y responsable.

A esto mira la educación: a aumentar nuestras capacidades personales de reflexión crítica; evaluar la credibilidad de las fuentes y los posibles intereses que están detrás de la selección de información que nos llega; comprender los mecanismos psicológicos que se activan ante ello; a permitir a nuestras familias,comunidades y asociaciones elaborar criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable.

Precisamente por esto es cada vez más urgente introducir en los sistemas educativos de cada nivel también la alfabetización en los medios de comunicación, en los medios de información y en la IA, que algunas instituciones civiles ya están promoviendo. Como católicos, podemos y debemos aportar nuestra contribución para que las personas, especialmente los jóvenes, adquieran la capacidad de pensar críticamente y crezcan en la libertad del espíritu. Esta alfabetización también debería integrarse en iniciativas más amplias de educación permanente, llegando también a las personas mayores y a los miembros marginados de la sociedad, que a menudo se sienten excluidos e impotentes ante los rápidos cambios tecnológicos.

La alfabetización en los medios de comunicación, de información y en la IA ayudará a todos a no adaptarse a la deriva antropomorfizante de estos sistemas, sino a tratarlos como herramientas, a utilizar siempre una validación externa de las fuentes -que podrían ser imprecisas o erróneas- proporcionadas por los sistemas de IA, a proteger su privacidad y sus datos conociendo los parámetros de seguridad y las opciones de impugnación. Es importante educar y educarse a usar la IA en modo intencional y, en este contexto, cuidar la propia imagen (foto y audio), el propio rostro y la propia voz, para evitar que vengan utilizados en la creación de contenidos y comportamentos dañosos como estafas digitales, ciberacoso, deepfakes que violan la privacidad y la intimidad de las personas sin su consentimiento. Al igual que la revolución industrial exigía una alfabetización básica para que las personas pudieran reaccionar ante las novedades, la revolución digital también requiere una alfabetización digital (junto con una formación humanística y cultural) para comprender cómo los algoritmos modelan nuestra percepción de la realidad, cómo funcionan los prejuicios de la IA, cuáles son los mecanismos que determinan la aparición de determinados contenidos en nuestros flujos de información (feeds), cuáles son y cómo pueden cambiar los supuestos y modelos económicos de la economía de la IA.

Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica.

Al proponer estas reflexiones, agradezco a quienes están trabajando por los fines aquí expuestos y bendigo de corazón a todos los que trabajan por el bien común con los medios de comunicación.

Vaticano, 24 de enero de 2026, memoria de san Francisco de Sales.

León XIV PP.

Nota:
[1] "El hecho de ser creados a imagen de Dios significa que, al hombre, desde el momento de su creación, le ha sido impreso un carácter real [...]. Dios es amor y fuente de amor; el divino Creador también ha puesto este rasgo en nuestro rostro, para que mediante el amor -reflejo del amor divino- el ser humano reconozca y manifieste la dignidad de su naturaleza y la semejanza con su Creador" (cf. S. Gregorio de Nisa, La creación del hombrePG 44, 137).

Queridos hermanos y hermanas:

La XXXIV Jornada Mundial del Enfermo se celebrará solemnemente en Chiclayo, Perú, el 11 de febrero de 2026. Por este motivo, he querido proponer de nuevo la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos.

Todos hemos escuchado y leído este conmovedor texto de san Lucas (cf. Lc 10,25-37). A un doctor de la ley que le pregunta quién es el prójimo al que debe amar, Jesús le responde contando una historia: un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado por ladrones y abandonado casi muerto; un sacerdote y un levita pasaron de largo, pero un samaritano se compadeció de él, vendó sus heridas, lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran. He deseado proponer la reflexión de este pasaje bíblico con la clave hermenéutica de la encíclica Fratelli tutti, de mi querido predecesor el Papa Francisco, donde la compasión y la misericordia hacia el necesitado no se reducen a un mero esfuerzo individual, sino que se realizan en la relación: con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente, con Dios que nos da su amor.

1. El regalo del encuentro: la alegría de dar cercanía y presencia
Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor. La parábola narra que el samaritano al ver al herido no "pasó de largo", sino que tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria. El samaritano «se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo [...] le dio su tiempo».[1] Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volvernos nosotros cercanos.[2] Al respecto, podemos afirmar con san Agustín que el Señor no quiso enseñar quién era el prójimo de aquel hombre, sino a quién debía él hacerse prójimo. Pues nadie es prójimo de otro sino cuando se acerca voluntariamente a él. Así pues, se hizo prójimo aquel que mostró misericordia.[3]

El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don.[4] Esta caridad se alimenta necesariamente del encuentro con Cristo, que por amor se entregó por nosotros. San Francisco lo explicaba muy bien cuando, hablando de su encuentro con los leprosos, decía: «El Señor me llevó hasta ellos»,[5] porque a través de ellos había descubierto la dulce alegría de amar.

El regalo del encuentro nace del vínculo con Jesucristo, al que identificamos como el buen samaritano que nos ha traído la salud eterna, y al que hacemos presente cuando nos inclinamos ante el hermano herido. San Ambrosio decía: «Puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémoslo viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la cabeza. Y amemos también al que es imitador de Cristo, y a todo aquel que se asocia al sufrimiento del necesitado por la unidad del cuerpo».[6] Ser uno en el Uno, en la cercanía, en la presencia, en el amor recibido y compartido, y gozar, así como san Francisco, de la dulzura de haberlo encontrado.

2. La misión compartida en el cuidado de los enfermos
Prosigue san Lucas diciendo que el samaritano "se conmovió2. Tener compasión implica una emoción profunda, que mueve a la acción. Es un sentimiento que brota del interior y lleva al compromiso con el sufrimiento ajeno. En esta parábola, la compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acerca, cura, se hace cargo y cuida. Pero atención, no lo hace solo, individualmente, «el samaritano buscó un posadero que pudiera cuidar de ese hombre, al igual que nosotros estamos llamados a invitar y a reunirnos en un "nosotros" que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades».[7] Yo mismo he constatado, en mi experiencia como misionero y obispo en Perú, cómo muchas personas comparten la misericordia y la compasión al estilo del samaritano y el posadero. Los familiares, los vecinos, los operadores sanitarios, los agentes de pastoral sanitaria y tantos otros que se detienen, se acercan, curan, cargan, acompañan y ofrecen de lo suyo, dan a la compasión una dimensión social. Esta experiencia, que se realiza en un entramado de relaciones, supera el mero compromiso individual. De este modo, en la Exhortación apostólica Dilexi te no sólo me he referido al cuidado de los enfermos como una "parte importante" de la misión de la Iglesia, sino como una auténtica «acción eclesial» (n. 49). En ella citaba a san Cipriano para ver cómo en esa dimensión podemos verificar la salud de nuestra sociedad: «Esta epidemia que parece tan horrible y funesta pone a prueba la justicia de cada uno y examina el espíritu de los hombres, verificando si los sanos sirven a los enfermos, si los parientes se aman sinceramente, si los señores tienen piedad de los siervos enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que imploran».[8]

El ser uno en el Uno supone sentirnos verdaderamente miembros de un cuerpo en el que llevamos, según nuestra propia vocación, la compasión del Señor por el sufrimiento de todos los hombres.[9] Es más, el dolor que nos conmueve, no es un dolor ajeno, es el dolor de un miembro de nuestro propio cuerpo al que nuestra Cabeza nos manda acudir para el bien de todos. En ese sentido se identifica con el dolor de Cristo y, ofrecido cristianamente, acelera el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos.[10]

3. Movidos siempre por el amor a Dios, para encontrarnos con nosotros mismos y con el hermano
En el doble mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27), podemos reconocer el primado del amor a Dios y su consecuencia directa con la forma de amar y relacionarse del hombre en todas sus dimensiones. «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios, como asevera el apóstol Juan: "Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. [...] Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él" (1 Jn 4,12.16)».[11] Aunque el objeto de ese amor sea distinto: Dios, el prójimo y uno mismo, y, en ese sentido, los podemos entender como amores distintos, estos son siempre inseparables.[12] El primado del amor divino conlleva que la acción del hombre sea realizada sin interés personal ni recompensa, sino como manifestación de un amor que trasciende las normas rituales y se traduce en un culto auténtico: servir al prójimo es amar a Dios en la práctica.[13]

Esta dimensión también nos permite contrastar lo que significa amarse a sí mismo. Supone alejar de nosotros el interés de cimentando nuestra autoestima o el sentido de nuestra propia dignidad en estereotipos de éxito, carrera, posición o linaje[14] y recuperar nuestra propia posición ante Dios y ante el hermano. Decía Benedicto XVI que «la criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios».[15]

Queridos hermanos y hermanas, «el verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno, que tiene su raíz en el amor de Dios».[16] Deseo vivamente que no falte nunca en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, "samaritana", incluyente, valiente, comprometida y solidaria que tiene su raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo. Encendidos por ese amor divino, podremos realmente entregarnos en favor de todos los que sufren, especialmente por nuestros hermanos enfermos, ancianos y afligidos.

Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos; pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo, y supliquemos su intercesión con esta antigua oración, que se rezaba en familia por quienes viven en la enfermedad y en el dolor:

Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes.
Ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.

Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.

Imparto de corazón mi bendición apostólica a todos los enfermos, a sus familiares y a quienes los cuidan, a los trabajadores del ámbito sanitario, a los agentes de pastoral de la salud y muy especialmente a quienes participan en esta Jornada Mundial del Enfermo.

Vaticano, 13 de enero de 2026

León PP. XIV

Notas:
[1] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 63.
[2] Cf. ibíd., 80-82.
[3] Cf. S. Agustín, Sermones 171, 2; 179 A, 7.
[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 34; S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), 28
[5] S. Francisco de Asís, Testamento, 2: Fuentes Franciscanas, 110.
[6] S. Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, VII, 84.
[7] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 78.
[8] S. Cipriano, De mortalitate, 16.
[9] Cf. S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), 24.
[10] Cf. ibíd., 31.
[11] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 26.
[12] Cf. ibíd.
[13] Cf. Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 79.
[14] Cf. ibíd., 101.
[15] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 53.
[16] Francisco, Mensaje a los participantes del 33º Festival internacional de los jóvenes (MLADIFEST), Medjugorje, 1-6 agosto 2022 (16 julio 2022).

Queridos hermanos, celebramos lo acontecido en Belén de Judea en un presente abierto a la eternidad. El Hijo de Dios ha nacido para nuestra salvación, somos salvados porque somos amados. Celebrar la Navidad es una invitación al asombro, rescatándonos de la inercia, del acostumbramiento de la fe, adentrándonos así en un abismal amor. El misterio nos desborda.

Al Niño en el pesebre se dirigen todas las miradas en adoración, María y José, los pastores los magos de oriente, de manera silenciosa toda la creación y hoy la nuestra. Es la Salvación naciente que llegará a su plenitud en la muerte y resurrección de Cristo, el Señor.

Los pastores, superando el temor que les había provocado el anuncio del ángel, van en busca de la señal que les permitiría encontrar la causa de alegría para todo el pueblo, un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Nuestra celebración no se trata solo de un recuerdo, porque el nacido por nosotros, se hace presente en nuestro tiempo, en nuestra vida; el que nació en Belén hoy esta junto a la puerta y si oímos su voz y le abrimos la puerta entrará en nuestra casa y cenaremos juntos (Cf. AP, 3,20). Como decía Pablo VI:"La Navidad es esta llegada del Verbo de Dios hecho hombre entre nosotros. Cada uno puede decir: ¡por mí! Navidad es este prodigio. Navidad es esta maravilla" (Homilia de la Misa de Nochebuena. 24/12/1977). Queridos hermanos dejando resonar en nosotros ese "por mí" que señala el Papa, descubrámonos llamados a dar una respuesta.

En la contemplación del misterio del Nacimiento de nuestro Salvador, la liturgia de la solemnidad que celebramos hoy, nos invita a levantar la mirada desde el Niño a la Madre que lo abraza con ternura, a María. Quién pudiera entrar en el corazón de ella para descubrir sus sentimientos recogiendo la obra de Dios en su vida, en su esperanza cumplida en la Anunciación en la que el llamado a la misión encontró ese sí libre y fiel de la servidora del Señor, de su peregrinar por las montañas de Judá portando en su vientre al Hijo de Dios para compartir la alegría con Isabel. Un corazón desbordado por el misterio y una vida que se hizo respuesta creyente a la voluntad de Dios.

Su amor para con el Niño, es amor de Madre, recibiendo la vida que venía de Dios, su vientre fue morada en la que crecía el Hijo de Dios, siendo sus brazos los que lo acunaron con ternura. Es mujer que agradece el don de la vida convirtiéndose en su custodia, que canta las maravillas de Dios en ella. Es amor que sabe de asombro, alegría, dolor, fe atravesando el no entender, de fidelidad. La profecía de Simeón de que una espada atravesaría su corazón se hizo realidad en ese encuentro de miradas en el camino a la cruz, siguiendo a Jesús, solo ella y Dios sabían lo que vivió su corazón desgarrado, lo que sintió al tenerlo en sus brazo cuando lo bajaron de la Cruz. Pero ella junto a todos los discípulos recibió la alegría del triunfo de la vida en la resurrección, triunfo del amor que se hizo perdón para todos. Ella en esta alegría perseveraba en la oración junto a la comunidad. Ella por misión recibida al pie de la cruz, era Madre de Jesús y Madre de los discípulos amados del Señor, de nosotros, es Madre de la Iglesia.

Un himno del siglo III, tal vez la oración mariana más antigua, expresa la confianza de los cristianos en la intercesión de María reconociéndola como Madre de Dios, título que se hará presente en la prédica de los Padres de la Iglesia, aquellos pastores cercanos a los tiempos apostólicos, y que unido a la profundización de la teología sobre el misterio de Cristo, se define como dogma en el Concilio de Éfeso, en el 431: María es Madre de Dios, Madre de la persona divina según la humanidad. De esta manera María "se inserta en el misterio de Cristo a través de la Encarnación" (Mater Populi fidelis, 11).

En esta solemnidad, rezamos como Iglesia en la Jornada mundial por la paz, suplicando a Dios para que la Paz anunciada a los pastores sea realidad recibida en los pueblos y en cada corazón.

En la noche en la que se anunció el nacimiento del Señor a los pastores, se escuchó el canto de los ángeles "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres amados por él", asumido en nuestra liturgia en el Gloria. Para un Dios que es amor su gloria no pude consistir en otra realidad que en amar, el amor es el por qué último de la encarnación como señala el padre Cantalamesa.

Esa paz anunciada no consiste en la ausencia de conflictos bélicos, enfrentamientos o treguas. El Salvador no trae simplemente la paz, él es la Paz.

Todos anhelamos paz, herida en nuestro propio corazón que sufre sus luchas, contradicciones y dolores; en nuestros vínculos que a veces se ven heridos por resentimientos y desconfianzas; en nuestra sociedad fragmentada por el enfrentamiento ideológico que ciega desconociendo al otro como hermano; en los pueblos que padecen la locura de los que ostentan poder enfermos de avaricia destruyendo vidas para sostener el negocio armamentista provocando guerras y muertes, la violencia de fundamentalismos religiosos, incluso dentro de nuestra propia Iglesia hiriendo la comunión.

Una poetisa, María Elena Walsh, describe el horror de la guerra en una palabra que condensa el sufrimiento de los que la padecen: "lágrimas".

Lagrimas derramadas en Ucrania, Gaza, Somalia, Myamar, Sudán, Haití y muchos más conflictos no son solo lugares en un mapa, sino pueblos atravesados por lágrimas. Es el escandaloso y doloroso despliegue de la tercera guerra mundial en pedazos, como señalaba el Papa Francisco.

La paz no se resuelve en frágiles tratados que dejan en suspenso una agresión, en treguas que apenas dan un momento de silencio al dolor. La verdadera paz nace cuando se abre el corazón a quien es la Paz, dejándonos transformar por un amor a la medida de Dios que es amarnos sin medida. Así podremos sanar nuestro corazón fragmentado, así podremos amar como somos amados, así reconoceremos a los otros como hermanos y no como enemigos, así seremos los bienaventurados que trabajan por la paz respetando la dignidad de cada persona.

La celebración de la Navidad es una alegría que nos compromete a dar una respuesta al Dios que llega a nosotros, a ser testigos de la vida nueva; es misterio que siempre está frente a la libertad de cada persona. En esta Jornada de oración supliquemos por la paz para que el anuncio realizado a los pastores se haga realidad en nosotros, en cada corazón que sufre, en nuestra sociedad argentina dañada en desencuentros y enfrentamientos, en los pueblos signados por el dolor de la guerra. En su menaje para esta Jornada el Papa Leon dice: "Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos".

Que María, Madre de Dios y Madre de la Paz, nos de la fuerza para ser testigos de Aquel que es la paz; recibiéndola no la ofrecemos como un deseo, sino que la compartimos como don, así como lo expresamos en la liturgia en el saludo fraterno de la paz.

Un hermano transformado por el amor del Señor, Francisco de Asís, nos regaló una oración a la que los invito a unirnos en el corazón.

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Mons. Marcelo Fabián Mazzitelli, obispo de San Rafael

Estamos celebrando la Nochebuena. Esta es la única noche del año que tiene nombre propio, y recibe este nombre por la buena noticia del Nacimiento de Jesús. Digamos entonces: Nace Jesús, alegres en la esperanza.

¿Cuál es el contexto de la primera Nochebuena de la historia? Un censo del emperador Augusto. La firma de un decreto que le cambia la vida a todo el mundo, que busca mostrar poder y autoridad. Es así que José y María con un embarazo avanzado, se ponen en camino hacia Belén. Y sin un lugar digno para nacer, en un pesebre, nace el Hijo de Dios. En esa primera Nochebuena de la historia, Dios elige para nacer el lugar de los últimos, de los que no cuentan, para que nadie por ser pobre, o por estar roto en la vida, se avergüence de acercarse a Él. Como afirma el Papa León XIV: "Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud"[1].

Esta noche, nos dejamos conmover nuevamente por el anuncio del Ángel del Señor a los pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc. 2, 10-12).

No es una alegría chiquita, para unos pocos, es alegría para todo el pueblo. Se cumple de modo desbordante la promesa que el profeta Isaías nos trae en la primera lectura: "El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz... Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia... Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado" (Cf. Is. 9, 1-6).

Y en la segunda lectura el apóstol Pablo nos anticipa hoy, que este Niño ha nacido para dar la vida por todos nosotros: "Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien"  (Tit. 2, 14). Su misión está en su nombre. Jesús quiere decir: Dios salva.

La señal de esta Nochebuena, lo que tiene que captar nuestra mirada, y no olvidemos que aquello que capta nuestra mirada ya casi nos tiene en el bolsillo, es el Niño recién nacido y acostado en un pesebre.

En su carta sobre el pesebre el papa Francisco nos decía: "¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado"[2].

Para nosotros es común representar el pesebre, y participar con este simple signo de una gran obra misionera. Ahora bien, ¿cuál es su origen? ¿Quién tuvo esta inspiración? San Francisco de Asís, en el año 1223, fue el promotor de esta iniciativa.

En esa carta del pesebre nos recordaba el Papa Francisco: "Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado?[3].

En esta Nochebuena volvemos con nuestro corazón al pesebre y pedimos la gracia de descansar en Él. Como dice Santa Benedicta de la Cruz: "El niño del pesebre extiende sus bracitos, y su sonrisa parece decir lo que más tarde pronunciarán los labios del hombre: Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré?[4].

Necesitamos de la ternura del Niño, ya que como pueblo caminamos en tinieblas. Su Luz que ha bajado del cielo contrasta con la noche oscura del pecado, de la injusticia social, del sálvese quien pueda, que termina en el todos contra todos.

Ante la realidad del pecado, mirando al Niño Jesús confesamos que: "El pecado del mundo es inmenso, pero no es infinito. En cambio, el amor misericordioso del Redentor, este sí es infinito?[5]. Ante la injusticia social, recordamos que Belén significa "la casa del pan", y nos comprometemos a compartir el pan con los que no lo tienen. Y ante el sálvese quien pueda, elegimos como ícono de la fraternidad y la amistad social, la parábola del Buen Samaritano, que nos compartirá como enseñanza el Niño Dios siendo ya adulto.

Esta noche como nos sugiere el Papa León pidamos la gracia de la admiración y el asombro: "Admiremos, queridos amigos, la sabiduría de la Navidad. En el niño Jesús, Dios da al mundo una nueva vida -la suya-, para todos. No es una idea que resuelva todos los problemas, sino una historia de amor que nos involucra?[6].

Hoy es Nochebuena, y porque nace Jesús, renace la alegría. Nace el Amor, y donde hay amor hay lugar para la esperanza. Por eso volvemos a decir: Nace Jesús, alegres en la esperanza.

Mons. Gustavo Carrara arzobispo de La Plata.
24 de diciembre de 2025.
_________________________
Notas:
[1] León XIV. Homilía de la Santa Misa de Nochebuena. 2025.
[2] Admirabile signum. Carta apostólica del papa Francisco sobre el significado y el valor de pesebre (Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019). N° 3.
[3] Admirabile signum. Carta apostólica del papa Francisco sobre el significado y el valor de pesebre (Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019). N° 2.
[4] Edith Stein. Obras selectas. Editorial Monte Carmelo. Burgos. 1997. Pág. 378.
[5] Exhortación Apostólica C'est la Confiance del Santo Padre Francisco sobre la confianza en el Amor Misericordioso de Dios con motivo del 150° aniversario del nacimiento de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. N° 29.
[6] León XIV. Homilía de la Santa Misa de Nochebuena. 2025.

Queridos hermanos y hermanas,

«Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada de la Misa de medianoche en la Natividad del Señor). Así canta la liturgia en la noche de Navidad, y así resuena en la Iglesia el anuncio de Belén: el Niño que ha nacido de la Virgen María es Cristo Señor, enviado por el Padre para salvarnos del pecado y de la muerte. Él es nuestra paz, Aquel que venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios. Por eso «el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz» (S. Leone Magno, Sermone 26).

Jesús nació en un establo porque no había lugar para él en el albergue. Al nada más nacer, su madre María «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2,7). El Hijo de Dios, por medio del cual todo fue creado, no es acogido y su cuna es un pobre comedero para animales.

El Verbo eterno del Padre, que los cielos no pueden contener, ha elegido venir al mundo de esa manera. Por amor quiso nacer de una mujer, para compartir nuestra humanidad; por amor aceptó la pobreza y el rechazo y se identificó con los que son marginados y excluidos.

En el nacimiento de Jesús ya se perfila la elección fundamental que guiará toda la vida del Hijo de Dios, hasta su muerte en la cruz: la elección de no hacernos llevar el peso del pecado, sino de llevarlo Él por nosotros, de hacerse cargo de él. Esto podía hacerlo sólo Él. Y al mismo tiempo nos mostró lo que sólo nosotros podemos hacer, es decir, asumir cada uno nuestra parte de responsabilidad. Sí, porque Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros. (cf. S. Agustín, Sermón 169, 11. 13), es decir, sin nuestra libre voluntad de amar. Quien no ama no se salva, está perdido. Y quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve. (cf. 1 Jn 4,20).

Hermanas y hermanos, este es el camino de la paz: la responsabilidad. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría.

Jesucristo es nuestra paz, ante todo porque nos libera del pecado y, luego, porque nos indica el camino a seguir para superar los conflictos, todos los conflictos, desde los interpersonales hasta los internacionales. Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz. Por esto Jesús nació en Belén y murió en la cruz: para liberarnos del pecado. Él es el Salvador. Con su gracia, cada uno de nosotros puede y debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación.

En este día de fiesta, deseo enviar un saludo efusivo y paternal a todos los cristianos que viven en Medio Oriente, a quienes he querido encontrar hace poco en mi primer viaje apostólico. He escuchado sus temores y conozco bien su sentimiento de impotencia ante las dinámicas de poder que los superan. El Niño que hoy nace en Belén es el mismo Jesús que menciona: «les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

A Él imploramos justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria, confiando en estas palabras divinas: «La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre» (Is 32,17).

Encomendamos al Príncipe de la Paz todo el continente europeo, pidiéndole que siga inspirándole un espíritu comunitario y colaborativo, fiel a sus raíces cristianas y a su historia, solidario y acogedor con los que están pasando necesidad. Oremos de manera especial por el atribulado pueblo ucraniano, para que cese el estruendo de las armas y las partes implicadas, con el apoyo de la comunidad internacional, encuentren el valor para dialogar de manera sincera, directa y respetuosa.

Al Niño de Belén imploramos paz y consuelo para las víctimas de todas las guerras que se libran en el mundo, especialmente aquellas olvidadas; y para quienes sufren a causa de la injusticia, la inestabilidad política, la persecución religiosa y el terrorismo. Recuerdo de manera especial a los hermanos y hermanas de Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo.

En estos últimos días del Jubileo de la Esperanza, pidamos al Dios hecho hombre por el querido pueblo de Haití, que cese en el País toda forma de violencia y pueda avanzar por el camino de la paz y la reconciliación. 

Que el Niño Jesús inspire a quienes tienen responsabilidades políticas en América Latina para que, al enfrentar los numerosos desafíos, se le dé espacio al diálogo por el bien común y no a las exclusiones ideológicas y partidistas.

Pedimos al Príncipe de la Paz que ilumine a Myanmar con la luz de un futuro de reconciliación, que devuelva la esperanza a las generaciones jóvenes, guíe a todo el pueblo birmano por los caminos de la paz y acompañe a quienes viven sin hogar, sin seguridad y sin confianza en el mañana.

A Él imploramos que se restablezca la antigua amistad entre Tailandia y Camboya y que las partes implicadas continúen esforzándose por la reconciliación y la paz.

A Él le confiamos también los pueblos del sur de Asia y de Oceanía, duramente golpeados por las recientes y devastadoras catástrofes naturales, que han afectado gravemente a poblaciones enteras. Ante tales pruebas, invito a todos a renovar con convicción el compromiso común de socorrer a quienes sufren.

Queridos hermanos y hermanas:

En la oscuridad de la noche aparecía «la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), pero «los suyos no la recibieron» (Jn 1,11). No dejemos que nos venza la indiferencia hacia quien sufre, porque Dios no es indiferente a nuestras miserias.

Al hacerse hombre, Jesús asume sobre sí nuestra fragilidad, se identifica con cada uno de nosotros: con quienes ya no tienen nada y lo han perdido todo, como los habitantes de Gaza; con quienes padecen hambre y pobreza, como el pueblo yemení; con quienes huyen de su tierra en busca de un futuro en otra parte, como los numerosos refugiados y migrantes que cruzan el Mediterráneo o recorren el continente americano; con quienes han perdido el trabajo y con quienes lo buscan, como tantos jóvenes que tienen dificultades para encontrar empleo; con quienes son explotados, como los innumerables trabajadores mal pagados; con quienes están en prisión y a menudo viven en condiciones inhumanas.

Al corazón de Dios llega la invocación de paz que brota de cada tierra, como escribe un poeta:

«No la de un alto al fuego
ni la de la visión del lobo junto al cordero,
sino la del corazón cuando se acaba la agitación
y hablamos de un gran cansancio.
Que sea como flores silvestres,
de repente, por necesidad del campo:
una paz silvestre».
[1]

En este día santo, abramos nuestro corazón a los hermanos y hermanas que están necesitados y sufren. Al hacerlo, lo abrimos al Niño Jesús que, con sus brazos abiertos, nos acoge y nos revela su divinidad: «Pero a todos los que lo recibieron [...], les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

En pocos días terminará el Año Jubilar. Se cerrarán las Puertas Santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la Puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina. La alegre noticia de este día es que el Niño que ha nacido es Dios hecho hombre; que no viene a condenar, sino a salvar; la suya no es una aparición fugaz, pues Él viene para quedarse y entregarse a sí mismo. En Él toda herida es sanada y todo corazón encuentra descanso y paz. «El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz».

A todos, les deseo de corazón una Navidad serena.

León XIV

____________________________

Nota:
[1] Y. Amijái, "Una paz silvestre", en Poemas escogidos, México, 1990.

Jer 1,4-9; Sal 95 | 1Tim 3, 8-10. 12-13 | Jn 20, 19-23

Queridos hermanos y hermanas:

Vocación
Con alegría estamos reunidos celebrando esta ordenación diaconal de Eduardo Mercado.

Estamos aquí porque él ha recibido un llamado para consagrarse a Dios y al servicio de su pueblo y ha respondido a ese llamado.

La Lectura del profeta Isaías que hemos escuchado muestra cómo en toda vocación hay un protagonismo de Dios que llama, consagra y envía. «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones.»

Que hermoso considerar, querida comunidad, que cada uno de nosotros ya somos amados y consagrados por Dios desde siempre, desde antes incluso de ser concebidos en el vientre materno.

Luego, en el camino de la vida, Dios nos va llamando a una misión concreta. O a varias.

Eduardo fue llamado, en primer lugar, a la vida matrimonial y a formar una familia y, luego al servicio cómo diácono. Dos vocaciones que se complementan y enriquecen mutuamente. Hoy damos gracias por su respuesta, por su Si a Dios. Y pedimos para que a todos Dios nos de la gracias de responder a lo que Él quiere para nuestra vida. Será el mejor camino para recorrer. En el que seremos felices y haremos felices a los demás.

Formación
Para llegar aquí hubo que transitar un período de formación específica que llevó su tiempo. La escuela del Diaconado "Wenceslao Pedernera" que funciona en nuestra diócesis ofrece un trayecto formativo común para todos, pero también lleva adelante un acompañamiento personalizado teniendo en cuenta la realidad de cada uno, de su familia, de su comunidad. En ese camino hay que ir asumiendo la realidad de cada vida y, al mismo tiempo, formarse en la vida orante, en la teología, en el servicio, de modo que la formación abarque todas las dimensiones de la vida y uno pueda servir con toda su persona lo más integrada posible. Damos gracias aquí, a los sacerdotes que te han acompañado en tu vida y en este tiempo de formación, a tandas religiosas y laicos que fueron y son parte de tu camino formativo.

Es un tiempo donde también como el profeta Isaías hay que asumir fragilidades y límites. "Mira que soy joven... no se hablar..." dirá el profeta, reconociendo sus límites. El Señor responde: "«No digas: «Soy demasiado joven», porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene".

Querido Eduardo y querida comunidad, para llevar adelante su obra Dios cuenta con nuestros talentos, pero también con nuestras debilidades, en las cuales se manifiesta su gracia con más amplitud. Que puedas dar un buen lugar en tu vida a la formación permanente para seguir creciendo cada día.

Testimonio
La carta a Timoteo destaca el valor del testimonio en los diáconos: "Los diáconos deben ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas. Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura".

El primer modo de evangelizar es el testimonio de vida. Nuestra forma de vida cotidiana. Jesús cuando nos envía a la misión nos envía como testigos, como aquellos que viven buscando ser un reflejo de su Presencia, de su Evangelio y que buscan serlo en la vida cotidiana, no solo en momentos extraordinarios.

Querido Eduardo, en este sentido es fundamental que vivas una relación estrecha con el Señor, que cultives una vida orante de modo diario. Que te alimentes de la Eucaristía y vivas de la Palabra para descubrir más profundamente a Dios y para que Él te vaya transformando cada día más. Pero también recibe el Evangelio que te transmiten tus hermanas y hermanos que buscan vivirlo de modo cotidiano. "Los santos de la puerta de al lado" diría el papa Francisco. Dejate evangelizar por tantas personas en dan testimonio del evangelio.

En los beatos Mártires Enrique, Carlos, Grabriel y Wenceslao tenemos, además, testimonios elocuentes para dejarnos guiar. Busquemos conocer más sus vidas y dejémonos evangelizar por ellos.

Misión
Jesús les dijo a sus discípulos: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo.

Todos en la vida Cristiana estamos llamados a continuar la misión de Jesús. Él fue claro "Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Cada uno es enviado según su propio estado de vida.

Al asumir el Matrimonio, Eduardo, tienes allí en la familia una primer y gran misión que llevar adelante alimentando cada día el amor conyugal y paternal.

Al asumir el Diaconado te configuras, particularmente, a Jesucristo Servidor, que nos vino a ser servido sino a servir. Tendrás que reflejar esta dimensión en tu vida cotidiana y la misión que se te encomienda en la Iglesia.

Eduardo, tu trabajo de sacristán te pone en un especial lugar de misión, aquí tienes que santificarte asumiendo con dedicación tus responsabilidades, desde lo más simple de la limpieza, el servicio al altar y en la atención cordial a tanta gente que acude a este santuario. Tu cercanía, escucha atenta y tu disposición al servicio puede hacer mucho bien a tantos que acuden a este Santuario con tantas realidades diferentes. De modo particular, también desde aquí, puedes contribuir mucho a la comunión eclesial cuidando tus vínculos con el Obispo y los sacerdotes, con tus hermanos diáconos y con tantos laicos que sirven cada día en la Iglesia.

La misión, en este tiempo, estuvo marcada por tu pertenencia a la cuasi parroquia Beatos Mártires. Agradecemos a los agentes de pastoral de las diferentes comunidades que la integran por el acompañamiento y la ayuda en este tiempo de formación. Sabés que allí están trabajando mucho por llevar adelante la obra evangelizadora, también hay muchos lugares por misionar. Sé de tu inquietud por llegar a todos que brota del mismo Evangelio. Que la pasión por la misión crezca en tu corazón y la vivas en comunión con todos los miembros de la cuasi parroquia. Que los pobres tengan un particular lugar en tu corazón y en el de las comunidades con las que compartes la vida. Que la misión busque acompañar cada realidad de fragilidad y pobreza como lo vivió Jesús y como nos lo proponía de muchas maneras nuestro beato obispo Angelelli. El nos decía: «El hombre no puede ser un desencarnado, lo religioso no puede hacer perder de vista las necesidades más elementales de los seres humanos, menos de los pobres, sino por el contrario, la religión deber servir para que el hombre se dignifique totalmente, humana y espiritualmente...»

Como María
Este tiempo de Adviento en el que te ordenas nos propone poner los ojos en María, la elegida por Dios, para ser madre de su Hijo. Él, al finalizar su camino, desde la Cruz la dejó como madre nuestra y, particularmente en Pentecostés, se convierte en Madre de la Iglesia. Que busques en ella una referente clara de cómo vivir hoy el evangelio en los tiempos actuales.

Finalmente, con la compañía de María, madre de la Iglesia, busca amar cada día más a esta Iglesia particular de La Rioja, que te dio a luz a la vida cristiana y hoy te recibe como diácono. En ella encontrarás una riqueza religiosa y espiritual que tenemos que asumir y acrecentar cada día, también hay límites y defectos que asumir y trabajar, con la gracia de Dios, para una mayor conversión y transparencia evangélica. Esta iglesia riojana que, con toda la Iglesia quiere asumir en estos tiempos las conclusiones del Sínodo de la sinodalidad y vivir, con el aliento de los mártires, las líneas pastorales vigentes que promueven la misión, la vida fraterna y la oración.

Hoy te sumas también a la comunidad de diáconos con los cuales tendrás que caminar en fraternidad y unidad misionera. Vive ese vínculo como parte esencial de tu identidad y espiritualidad diaconal.

Eduardo que Dios bendiga especialmente en este día a tu esposa, hijos, y amistades, que bendiga las comunidades a las que estás integrado y te conceda vivir el nuevo ministerio con humildad, alegría y paz. Esa paz que nos dona el Resucitado cuando en cada misa nos dice "La paz esté con Ustedes". Así sea.

Mons. Dante Braida, obispo de La Rioja

"¡La paz esté contigo!".

Este antiquísimo saludo, que sigue siendo habitual en muchas culturas, en la tarde de Pascua se llenó de nuevo vigor en labios de Jesús resucitado. «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21) es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad. Por eso, los sucesores de los Apóstoles dan voz cada día y en todo el mundo a la más silenciosa revolución: "¡La paz esté con ustedes!". Desde la tarde de mi elección como Obispo de Roma he querido incorporar mi saludo en este anuncio coral. Y deseo reafirmarlo: «Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente»[1].

La paz de Cristo resucitado
El que venció a la muerte y derribó el muro que separaba a los seres humanos (cf. Ef 2,14) es el Buen Pastor, que da la vida por el rebaño y que tiene muchas ovejas que no son del redil (cf. Jn 10,11.16): Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.

El contraste entre las tinieblas y la luz, en efecto, no es sólo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir. Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita "basta", a la paz se le susurra "para siempre". En este horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el papa Francisco ha definido como "tercera guerra mundial a pedazos", siguen resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.

Lamentablemente lo contrario -es decir, olvidar la luz- es posible; entonces se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado. San Agustín exhortaba a los cristianos a entablar una amistad indisoluble con la paz, para que, custodiándola en lo más íntimo de su espíritu, pudieran irradiar en torno a sí su luminoso calor. Él, dirigiéndose a su comunidad, escribía así: «Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás»[2].

Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella. Es un principio que guía y determina nuestras decisiones. Incluso en los lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable, hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos, atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos.

Una paz desarmada
Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse, ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente, los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11; cf. Mt 26,52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46). Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del engaño de la violencia.

Aunque hoy no son pocas las personas de corazón dispuesto a la paz, un gran sentimiento de impotencia las invade ante el curso de los acontecimientos, cada vez más incierto. Ya san Agustín, en efecto, señalaba una paradoja particular: «Es más difícil alabar la paz que poseerla. En efecto, si queremos alabarla, deseamos las fuerzas para ello, buscamos los pensamientos y pesamos las palabras; por el contrario, si queremos poseerla, la tenemos y poseemos sin trabajo alguno»[3].

Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. Pareciera que faltan las ideas justas, las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones. Mucho más allá del principio de legítima defensa, en el plano político dicha lógica de oposición es el dato más actual en una desestabilización planetaria que va asumiendo cada día mayor dramatismo e imprevisibilidad. No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza. «La consecuencia -como ya escribía san Juan XXIII acerca de su tiempo- es clara: los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico»[4].

Pues bien, en el curso del 2024 los gastos militares a nivel mundial aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial[5]. Por si fuera poco, hoy parece que se quiera responder a los nuevos desafíos, no sólo con el enorme esfuerzo económico para el rearme, sino también con un reajuste de las políticas educativas; en vez de una cultura de la memoria, que preserve la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas, se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y de seguridad.

Sin embargo, «el verdadero amante de la paz ama también a los enemigos de ella»[6]. Así recomendaba san Agustín que no se destruyeran los puentes ni se insistiera en el registro del reproche, prefiriendo el camino de la escucha y, en cuanto sea posible, el encuentro con las razones de los demás. Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II se concluía con la conciencia de un diálogo urgente entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. En particular, la Constitución Gaudium et spes centraba la atención en la evolución de la práctica bélica: «El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad»[7].

Al reiterar el llamamiento de los Padres conciliares y estimando la vía del diálogo como la más eficaz a todos los niveles, constatamos cómo el ulterior avance tecnológico y la aplicación en ámbito militar de las inteligencias artificiales hayan radicalizado la tragedia de los conflictos armados. Incluso se va delineando un proceso de desresponsabilización de los líderes políticos y militares, con motivo del creciente "delegar" a las máquinas decisiones que afectan la vida y la muerte de personas humanas. Es una espiral destructiva, sin precedentes, del humanismo jurídico y filosófico sobre el cual se apoya y desde el que se protege cualquier civilización. Es necesario denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección; pero esto no basta, si al mismo tiempo no se fomenta el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico. La Encíclica Fratelli tutti presenta a san Francisco de Asís como ejemplo de este despertar: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos»[8]. Es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica.

Una paz desarmante
La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. «Paz en la tierra» cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A este respecto, mi venerado Predecesor escribía que «la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad»[9].

San Juan XXIII introdujo por primera vez la perspectiva de un desarme integral, que sólo puede afirmarse mediante la renovación del corazón y de la inteligencia. Así escribía en Pacem in terris: «Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Nos confiamos que es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes»[10].

Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una "casa de paz", donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón»[11]. Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa.

Por otra parte, esto no debe distraer la atención de todos sobre la importancia que tiene la dimensión política. Quienes están llamados a responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, procuren que «se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento de las condiciones acordadas. Examínese el problema en toda su amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos»[12]. Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales.

Hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes. ¿Cómo habitar un tiempo de desestabilización y de conflictos liberándose del mal? Es necesario motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas «como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana»[13]. Porque, de hecho, «la mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores»[14], a esta estrategia hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala. Ya lo señalaba con claridad León XIII en la Encíclica Rerum novarum: «La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia: "Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!" (Qo 4,9-10). Y también esta otra: "El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada" (Pr 18,19)»[15].

Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas: «Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!» (Is 2,4-5).

Vaticano, 8 de diciembre de 2025
León PP. XIV

_______________________________

Notas:
[1] Bendición apostólica "Urbi et Orbi" y primer saludo, Logia central de la Basílica de San Pedro (8 mayo 2025).
[2] S. Agustín de Hipona, Sermón 357, 3.
[3] Ibid., 1.
[4] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 60.
[5] Cf. SIPRI Yearbook: Armaments, Disarmament and International Security (2025).
[6] S. Agustín de Hipona, Sermón 357, 1.
[7] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 80.
[8] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 4.
[9] Id., Carta al director del "Corriere della Sera" (14 marzo 2025).
[10] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 113.
[11] Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana (17 junio 2025).
[12] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 118.
[13] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 42.
[14] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 15.
[15] León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 35.

Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la tierra, que prorrumpa en cantos de júbilo...digan, ¡ahí está nuestro Dios, El mismo viene a salvarnos!

Hermanos queridos,

En el Adviento del Año Santo Dios nos visita, Dios acorta distancias, Dios desciende y se involucra en la historia, Dios se hace hombre en la persona de su Hijo Jesús, Señor y Salvador; y esta cercanía hoy se manifiesta regalando a la Iglesia y a la familia diocesana un nuevo diácono, "icono" viviente de la presencia de Cristo servidor en medio de nosotros.

Saludo fraternalmente a Alejandra, esposa de Evaldo y a sus hijos Luis Antonio, Gianna Sofía y Evaldo Andrés. Saludo con aprecio a sus padres Luis y Olga y a sus hermanos Cristian y Elisa, además nos sentimos unidos a sus dos hermanitos Ezequiel y Agustín fallecidos poco después de nacer, hoy seguros intercesores en la comunión de los santos. Saludo a los demás familiares, amigos, compañeros de trabajo de la Universidad y de un modo particular saludo fraternalmente a los diáconos que hoy reciben a un hermano en el cuerpo diaconal de la diócesis.

¡Gracias a los sacerdotes de la parroquia y de la diócesis que han acompañado a Evaldo en su camino de discernimiento y formación! ¡Gracias a la familia parroquial Cristo Rey y a la Renovación Carismática Católica, espacio eclesial en el que el Señor, desde su juventud fue modelando el corazón de Evaldo con la potencia y el rocío de su Espíritu!

Un sentido recuerdo por P. Narciso, con quien Evaldo compartió una buena etapa del camino, tanto en la Capilla san Pedro y san Pablo de la sección novena, como en la Escuela Diocesana de Agentes de Pastoral y Ministerios. ¡Qué contento debe estar p. Narciso en este día!

La pregunta decisiva que Juan envió hacer a Jesús es, de alguna manera, la misma que desde la adolescencia, en medio del arduo y fascinante sendero de la vida, estuvo latente en el corazón de Evaldo: Señor, ¿Eres Tú el Salvador?, ¿Eres Tú el Mesías? ¿Eres tú el que da sentido pleno a la vida; ¿el único por el que vale la pena entregarlo todo, o debo esperar a otro?

Con el paso de los años, conducido por la admirable pedagogía divina, con un respeto delicado por la libertad, modelado por la gracia, fruto de la oración y de la apertura al Espíritu has llegado a responder:

¡Eres tú Señor!, no debo esperar otro; Tú eres el Salvador, el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida, Tú eres la Luz, el Buen Pastor. ¡Tú eres el único que tienes palabras de vida eterna!

Y aquello que Jesús manda decir a los enviados de Juan acerca de su estilo de pastoreo, Evaldo lo puede confirmar con su propia vida: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los sordos oyen, los leprosos son purificados, los muertos resucitan y la buena noticia es anunciada a los pobres... Sí, ¡El Señor lo hizo conmigo!

En este día de gracia singular para la Iglesia quiero recordar estas palabras del Papa Francisco: el diácono se consagra para ser, en el ministerio, escultor y pintor del rostro del Padre; es decir, está llamado a ser un reflejo de la misericordia y el amor de Dios en medio del mundo...

¡Que maravillosa vocación y misión! En el marco del adviento estás llamado a ser "visita" de Dios... asumiendo su estilo: la cercanía con todos, con todos; la compasión, especialmente con los pobres, débiles y enfermos y la ternura en primer lugar, en el ámbito de la "Iglesia doméstica": el matrimonio y la familia...

Evaldo: ¡Amá mucho a tu esposa y a tus hijos! ¡Amá mucho a tu familia con la gracia de la doble sacramentalidad! Procuren con Alejandra, como familia cristiana ser una fábrica de esperanza, sobre todo en esta época donde tanta gente no le encuentra sentido a la vida...

Ser "visita" de Dios...tomar de la mano, acompañar, ayudar a discernir, esa es la tarea que tenemos, no la de excluir. Y perdonar: tratar a los demás con la misma misericordia que el Señor nos trata a nosotros.

Ser "visita" de Dios...nunca permanecer con los brazos cruzados, indiferentes, ni con los brazos levantados en señal de fatalismo. El cristiano, el diácono, siempre, como lo hace Dios, tiende la mano...

Hoy te consagras a Dios y a su Iglesia. Recibes la gracia del Espíritu Santo a través del sacramento del Orden para que seas un fiel servidor de la Palabra y un constructor de comunión. Que tu vida sea un reflejo de la misericordia y del amor de Dios.

La Virgen Madre te cubra y te cuide junto a tu familia y te acompañe en tu ministerio para que seas "visita" de Dios en medio de su pueblo. Así sea.

+ Damián

En estos días, pasando por varias plazas de los pueblos de la diócesis, hermosamente decoradas con motivos navideños, me extrañó que, en muchas de ellas, faltara la figura de Jesús y del pesebre. Enormes árboles, con luces de colores, trineos, renos, Papá Noel, todo muy bello, pero con un gran ausente: el Niño Dios...

Más allá del simbolismo religioso del árbol navideño y de Santa Claus (San Nicolás: obispo generoso que hacía regalos anónimos a pobres y niños), nos podemos quedar con la cáscara y olvidarnos del contenido. Como dice el proverbio: "mientras el sabio señala la luna, el necio mira el dedo"...

Creo que estamos corriendo el riesgo de quedarnos mirando el dedo y no descubrir la belleza de la luna. Si celebramos Navidad, es porque celebramos un nacimiento, el de Jesús, cuya encarnación dejó una huella en la historia. Es imposible celebrar la Navidad y no reconocerlo a Jesús, al menos como personaje central en este día.

¿Será que se trata de un simple olvido o descuido? ¿O será algo más bien intencionado y buscado? ¿Herodes sigue persiguiendo al Niño para darle muerte porque no quiere competencia? ¿Será que el dios dinero, consumo, apariencia, bullicio, bienestar (y podemos seguir con la lista), anda queriendo destronar al Dios que se hace un Niño frágil y necesitado?

Navidad es Jesús. Si lo excluimos, al menos no caigamos en la hipocresía de llamarla Navidad...

Navidad es la cercanía de Dios, es el Dios con nosotros, el Dios escandalosamente cercano, que nos cuestiona con su humildad, que nos desarma con su ternura, que nos pacifica con su mansedumbre, que nos reconcilia con su fragilidad.

No repitamos la historia. Que la Sagrada Familia de Jesús, José y María no pasen de largo por no encontrar lugar en nuestras apretadas agendas o en nuestros espacios públicos, donde silenciosa y maliciosamente, se los va corriendo cada vez más. No sigamos marginando a Jesús de nuestra sociedad. Porque su vacío sólo provocaría más violencia, más individualismo, más indiferencia, más desigualdad, más guerra, más adicciones, más sinsentido... Volvamos a acoger a Jesús. Lo necesitamos como sociedad. Nuestras familias necesitan de su presencia. Nuestros pueblos necesitan de sus valores, de su luz, de su verdad, de su belleza...

Volvamos, pues, al pesebre, donde la Sagrada Familia nos espera y nos acoge. Miremos este espacio sagrado con ojos de niño. Volvamos a esa inocencia primordial. Volvamos al corazón. Miremos con fe esta familia que le falta todo, pero lo tiene todo, porque tiene paz, amor y alegría, aunque le falten tantas cosas. Tiene lo esencial: Jesús, el tesoro más preciado...

Navidad es Jesús. Navidad sin Él es vacío, tristeza, soledad, ruido, apariencia, comprar más, tener más, acaparar más... Navidad es compartir. Navidad es sobriedad. Navidad es respetar. Navidad es cuidar. Navidad es mirar a los costados para acompañar la fragilidad. Navidad es comunidad. Navidad es integrar. Navidad es sumar. Navidad es sabernos familia. Navidad es compasión. Navidad es darnos la oportunidad para renacer como sociedad...

Mons. Juan Ignacio Liébana, obispo de Chascomús
Navidad de 2025

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Hoy estamos de fiesta porque nos congregamos en la alegría y la fe, bajo el manto protector de la Inmaculada Concepción, Patrona venerada de nuestra ciudad y de nuestra Diócesis de Río Cuarto.

Celebramos un misterio de gracia sublime: la preservación de María de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su ser, en previsión de los méritos de Cristo Jesús. No celebramos una idea abstracta, ni un dogma lejano; celebramos a nuestra Madre. Y al mirarla a Ella, la Inmaculada, miramos el destino más hermoso al que Dios nos ha llamado.

En este año 2025, hemos caminado junto a toda la Iglesia Católica como "Pereginos de la Esperanza". A poco de tiempo de finalizar el Jubileo, hoy en nuestra fiesta patronal contemplamos a aquella que es la Madre de la Esperanza. Las lecturas bíblicas nos trazan un arco perfecto: desde la ruptura del dolor en el Génesis hasta la plenitud de la alegría en el Evangelio.

La primera lectura, tomada del Génesis (3,9-15.20), nos sitúa en el drama del pecado original, la caída de Adán y Eva, y la consecuente ruptura de la Alianza con Dios. Hemos leído que cuando Dios pasea por el jardín y le pregunta a Adán: "¿Dónde estás?", este responde: "Tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí".

Ese es el drama del pecado. El mismo revela nuestra desnudez, nuestra nada y nos llena de miedo aislándonos de Dios y de los hermanos.

Ahora bien Dios no abandona al hombre, sino que en ese momento oscuro le hace la primera promesa de esperanza: ?Pondré hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón?.

Hoy celebramos el cumplimiento de esa promesa. María es esa "Mujer" que nunca tuvo que esconderse de Dios. En la Inmaculada Concepción, Dios nos dice que el mal no tiene la última palabra. Antes de que el pecado pudiera tocarla, la Gracia la abrazó. En un mundo herido por el miedo de Adán, María es la criatura nueva que vive en la confianza total. Ella es la enemiga absoluta de la desesperanza porque es la Madre de la Esperanza.

Su Inmaculada Concepción no es solo un privilegio, sino la primera victoria de Cristo en la historia humana, la preparación del campo santo donde el Salvador iba a nacer.

El Apóstol Pablo, en su carta a los Efesios (1,3-6.11-12), nos eleva a la perspectiva eterna de Dios. Nos dice que "Él nos elegió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor". Esta elección, este designio de amor, encuentra su máxima y perfecta realización en la persona de María. María es la primicia de esta elección.

Si fuimos elegidos para ser ?santos e irreprochables?, Ella fue la primera en recibir este don en su plenitud, preservada desde el inicio para ser la Madre digna de Dios.

Su Inmaculada Concepción es la prueba más hermosa de que el plan de Dios es la santidad y que la Gracia puede triunfar plenamente en una criatura humana, llevándola a la perfección para la que fue creada.

Contemplemos a la Inmaculada, nuestra Patrona. En Ella vemos este plan de Dios realizado a la perfección. Ella es la "santa e irreprochable". Lo que Dios hizo en María de manera singular y preventiva preservándola del pecado original, quiere hacerlo en nosotros de manera curativa.

En esta etapa final del Jubileo, la Inmaculada nos recuerda que nuestra identidad no se funda en el pecado que cometemos, sino en el amor con el que fuimos elegidos. Nuestra vida no está definida por sus problemas, sus crisis o sus fallos; está llamada a ser, como María, una tierra de gracia, elegida para la alabanza de su gloria.

Finalmente vemos que en la Anunciación el ángel no la llama por su nombre civil, "María", sino por su nombre real ante los ojos de Dios: "Llena de Gracia".

El título "llena de gracia" es más que un simple saludo; es su nombre, su identidad más profunda. Significa que María ha sido inundada, colmada, por la gracia de Dios de una manera total. Es la confirmación de su Inmaculada Concepción. La Gracia la ha precedido, la ha preparado y la ha llenado.

Pero el misterio no se completa sin su respuesta libre y consciente: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí tu palabra". Este "Sí" es el eco del designio eterno de Dios, el reverso de la desobediencia de Eva. Donde Eva dijo "no" y se escondió, María dice: "Hágase en mí según tu palabra"Este "sí" de María es la puerta por la que entra la Esperanza al mundo.

Hermanos, el Jubileo de la Esperanza nos ha enseñado que la esperanza no es un optimismo ingenuo que dice "todo saldrá bien". La esperanza cristiana es la certeza de que, en medio de nuestras luchas, Dios camina con nosotros.

Hoy renovamos nuestra consagración a la Inmaculada. Ella es el faro de esta esperanza porque en Ella vemos que Dios es más fuerte que el pecado. Si Dios pudo preservar a María en medio de una humanidad caída, también puede sostener a nuestra diócesis, a nuestras familias y a nuestros jóvenes en medio de las dificultades actuales.

Que, al mirar su imagen, recordemos que la pureza no es solo ausencia de mancha, sino presencia de fuego, presencia de amor. Que Ella, que aplastó la cabeza de la serpiente con la humildad de su "Sí", nos ayude a vencer el desánimo y a ser testigos valientes de su Hijo Jesús.

¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos! Amén. 

Mons. Adolfo Uriona, obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto