Mons. Castagna: 'Es imposible servir a dos señores'
- 23 de enero, 2026
- Corrientes (AICA)
"La expresión: 'He sido bautizado, pero, no soy creyente' resuena como un escándalo. Es incomprensible pretender conjugar una conducta anticristiana con la fe bautismal", planteó el arzobispo.
Sugerencia para la homilía de monseñor Castagna
Monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, recordó la responsabilidad de "crear conciencia de pertenencia a la Iglesia" en quienes han sido bautizados y viven al margen de las exigencias bautismales.
"La expresión: 'He sido bautizado, pero, no soy creyente' resuena como un verdadero escándalo", advirtió, y consideró "incomprensible pretender conjugar una conducta anticristiana con la fe bautismal, que muchos dicen profesar".
"El fariseísmo de siempre adopta hoy una versión actualizada de sí mismo que esconde el propósito del tentador de Adán y Eva", graficó.
El arzobispo afirmó que "asemejarse a Dios es ser como Cristo: Hijo del Padre y Hermano de todos los hombres" y diferenció: "De otra manera reducimos a Dios a cualquier ídolo, inventado por los hombres. Dios es Dios, no una pobre creación humana".
Texto de la sugerencia
1. Jesús llama a la conversión. Jesús inicia su ministerio con un llamado directo a la conversión: "A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mateo 4, 17). Su actividad misionera revelará, desde la elección de sus principales discípulos, la intención de salvar a lo más lacrado de la humanidad. El pecado original hace, de todos los hombres, pecadores y necesitados de conversión. La ausencia de pecados personales, no excluye a ningún hombre, de cargar el pecado heredado de Adán y Eva. Todos somos pecadores, necesitados de ser reconciliados por Cristo: con Dios y entre nosotros. Por los méritos de Cristo todos somos reconciliados, y María es preservada de todo pecado, desde que fue concebida por sus santos padres Joaquín y Ana. Jesús manifiesta su cercanía a quienes se arrepienten de sus pecados y se deciden por una vida nueva, semejante a la del mismo Cristo. La santidad consiste en esa semejanza, causada exclusivamente por la gracia del Espíritu, que Jesús mismo derrama sobre sus fieles discípulos: "Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo" (Juan 20, 21-22). La presencia activa del Espíritu Santo, en la Iglesia, y en cada uno de sus discípulos, mantiene el cumplimiento de su acción regeneradora en quienes creen. La fe es la virtud que se abre a la acción artesanal del Espírito, y así logra santificar a los pecadores arrepentidos. La historia expone esa acción del Espíritu en una multitud de santos, algunos destacados, otros desconocidos. Son, todos ellos, testimonios vivientes de la acción santificadora del Espíritu. Todos los pecados son remisibles, excepto el que contraría abiertamente al Espíritu Santo. ¿En qué consiste ese pecado, que el mismo Jesús considera irremisible? En el rechazo del perdón ofrecido por el Padre, en la persona de su Hijo divino encarnado. No querer ser perdonado -la impenitencia- es el pecado contra el Espíritu Santo. La soberbia lo clasifica y expresa. La humildad, virtud que abre el corazón al perdón, es la eliminación de ese pecado contra el Espíritu.
2. La soberbia es el pecado del mundo. El pecado del mundo, que el Cordero divino vino "a quitar", es la soberbia. Ante ella ha sucumbido Adán, y la ha transmitido, como diabólico legado, a la humanidad, de la que es constituido origen. La pobreza de espíritu, que identifica a quienes son miembros del Reino, es la humildad. Su ausencia es signo de rechazo de la gracia divina. Es lamentable su generalización, en las expresiones de una sociedad empecinada en la comisión del pecado contra el Espíritu. La infusión del Espíritu está vinculada al perdón: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan" (Juan 20, 22-23). El don del Espíritu Santo constituye la promesa del cumplimiento del don que Cristo confiere a los hombres. Don imprescindible para la Vida, a la que son todos convocados. Es una realización que trasciende todo auténtico anhelo humano, por más noble o responsable que aparezca. Jesús lo promete como cumplimiento de su acción redentora. Se sucederán su Muerte y Resurrección -hacia la Pascua definitiva- pero su culminación será Pentecostés: "Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce" (Juan 14, 15- 17). Es importante que nos mantengamos en vigilia, como lo hacían María y los Apóstoles, en la espera del Espíritu Santo prometido. El tiempo definitivo de la Iglesia es el iniciado por Jesús resucitado al infundirle el Espíritu. Estamos transitando ese Tiempo. La inconciencia y desconocimiento de ese Misterio inspira un estado de pecado, que puede afectar a los actuales cristianos. La tibieza es un clima irrespirable, continuamente incrementado por la mediocridad en la que el mundo está sumergido y pretende sumergir a los creyentes. La oración y la Eucaristía, crean un antídoto, capaz de oponerse saludablemente a ese clima mundano. Es lo que Jesús implora al Padre para sus discípulos: "No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno" (Juan 17, 15). La distinción, entre el mundo y el Maligno, que Jesús revela en su oración, indica que el pecado -o el Maligno- es el verdadero enemigo del hombre, no el mundo. No pide que sus discípulos sean sacados del mundo, sino que sean preservados del pecado.
3. No salirse del mundo, sino vivir preservados del pecado. El enemigo de Dios es el pecado, personificado por el Maligno, que hace malignos a quienes pecan. Por ello, la misión de Cristo es eliminar el pecado, mediante la cruenta donación de la propia vida en la Cruz. De esa manera Cristo vence el pecado, y lo hace en cada creyente que consienta ser suyo mediante el Bautismo. Este Sacramento, primero y necesario, reclama, como su alimento sustancial, el Cuerpo y la Sangre de Cristo sacramentado. Incluye la aceptación de la Palabra y el ejercicio de la caridad. La vida bautismal halla su perfección cuando los bautizados celebran la Eucaristía. La vida cristiana queda frustrada sin la Eucaristía. Las enseñanzas de Jesús no dejan margen a otra forma de ser sus discípulos que "comiendo su carne y bebiendo su Sangre": "Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Juan 6, 55-56). La ausencia de este Sacramento causa una inevitable contradicción. La vida cristiana, de innumerables bautizados, padece hoy esa contradicción y sufre sus consecuencias. La confesión de muchos autocalificados "católicos", pero "no practicantes", contradice esencialmente su identidad bautismal. Ciertamente: ser cristiano sin la Eucaristía es como ser y no ser al mismo tiempo. La respuesta a tal dicotomía no consiste en renunciar a la identidad bautismal sino en la recuperación de su sentido. El intento por borrarse de los registros bautismales ha sido una aberración, como lo sería intentar desaparecer eliminando los certificados de nacimiento. Es lo que ocurre en quienes se consideran católicos como si fueran miembros de un club: dejo de pagar las cuotas, niego lo que constituye el sustento ideológico de la institución, desconozco a sus actuales dirigentes y me desolidarizo de su misión. Es la situación en que se encuentran muchos bautizados en la actualidad: soy católico, pero no me interesa la Iglesia que celebró mi Bautismo. Más aún, algunos bautizados adoptan actitudes de verdadera animosidad contra la Iglesia de la que -sacramentalmente- son miembros. La exclamación de un pastor protestante cuestionaba esa confusa situación: "Bautizados ¿son ustedes aún cristianos?"
4. Es imposible servir a dos señores. Grave es la responsabilidad de crear conciencia de pertenencia a la Iglesia, en quienes han sido bautizados y viven al margen de las exigencias bautismales. La expresión: "He sido bautizado, pero, no soy creyente", resuena como un verdadero escándalo. Es incomprensible pretender conjugar una conducta anticristiana con la fe bautismal, que muchos dicen profesar. El fariseísmo de siempre, adopta hoy una versión actualizada de sí mismo que esconde el propósito del tentador de Adán y Eva. Asemejarse a Dios es ser como Cristo: Hijo del Padre y Hermano de todos los hombres. De otra manera reducimos a Dios a cualquier ídolo, inventado por los hombres. Dios es Dios, no una pobre creación humana.+
